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  • Fecha Última actualización: 02/07/2008
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18 de noviembre, TEATRO: Cantando bajo las balas

Cartel del espectáculo<br/>

Cartel del espectáculo

Lugar: UDAL ARETOA (SAN PEDRO)
Fecha: 18 de noviembre, a las 20:00 h.
Entrada: 9 €

Sinopsis


Espectáculo necrófilo protagonizado por Millán Astray, con la referencia constante a Don Miguel de Unamuno, que enfrenta a las dos visiones de una España convulsa por el inicio de la guerra civil.


“CANTANDO BAJO LAS BALAS”
Antonio Álamo

“Cantando bajo las balas” narra en primera persona el primer acto oficial franquista de la historia, que tuvo lugar el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca y cuyo gran ausente fue, curiosamente, el mismo Francisco Franco, que no obstante envió en representación de él a su mujer, Doña Carmen Polo. Allí figuraban otras personalidades, a algunas de las cuales se las cita en la obra, pero dos de ellas se hicieron con el total protagonismo de aquella mañana: el General Millán Astray y Don Miguel Unamuno, que para espanto de todos se enfrentaron con una violencia inesperada, llegando casi a las manos, al punto de que este último estuvo a punto de ser linchado por los legionarios y los falangistas presentes, algo que sin duda hubiera sucedido si no llega a mediar la protección de Carmen Polo.  
Esa mañana se vertieron prolijos y farragosos discursos, que aunque pasaron sin pena ni gloria, podemos considerar los primeros y balbuceantes ensayos de la monótona representación que se prolongaría durante cuatro décadas. Pero además de todas esas disertaciones, arengas y sermones sobre algo llamado España, cuyos ecos perviven en nuestros días, se escucharon improvisadas palabras que –esta vez sí— provenían del corazón de los hombres que las pronunciaban. Millán Astray gritó: “Viva la muerte”, a lo que Unamuno replicó: “Venceréis pero no convenceréis”.
    
Millán Astray habla en presente, pues en su delirio de glorias y réquiems aterradores todo sucede aquí y ahora. Delirantes eran los tiempos que le tocó vivir, y de ellos se dispone a dar cuenta este reluciente despojo, interrumpiéndose con un batiburrillo de canciones legionarias acompañadas al piano (“La canción del legionario”, “El novio de la muerte” y el “Himno de los legionarios”) y, en algún caso, de Celia Gámez (“Pichi”, “A mí me gusta Madrid”, “Vivir, vivir”), para continuar explicándose a sí mismo, aunque sin poder evitar la digresión: algún que otro chiste soez, inconclusas letanías de fechas y horas, golpes de silbato, “¡A mí la Legión!”, chascarrillos, salidas de tono y gestos de dolor de muelas, que tan íntimamente se parece al dolor de alma. En algún caso podría llegar al extremo de sentir que se desvanece, amenazado por vahídos y desmayos, pues tras una de sus últimas mutilaciones, sufre de un vértigo atroz si gira la cabeza bruscamente, ya sea hacia la derecha o hacia la izquierda. Es este monigote genial y macabro, sí, un alma herida, un ángel caído, que dice lo que dice sin creérselo del todo. Y que además de decirlo lo canta acompañándose de un pianista. Es burlón, soez y tan desdeñoso con el mundo como un samurai. Canta mal, pero canta.


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